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Un espejo de 1602

Una novela corta donde un espejo une dos vidas separadas por más de cuatro siglos. Una historia sobre el tiempo, la memoria y las decisiones que nunca dejan de existir.

Novela corta · Ficción histórica · Salamanca · Siglo XVII

El origen

Toda obra empieza mucho antes de la primera página.

Un espejo de 1602 nació de una pregunta: ¿qué descubriríamos sobre nuestra propia vida si pudiéramos verla desde los ojos de alguien que nunca tuvo acceso a muchas de las cosas que hoy damos por sentadas?

De esa pregunta aparecieron Daniel y María.

Daniel vive en el presente, rodeado de posibilidades, comodidades y libertades cuyo valor apenas percibe. María procede de 1602, de una vida determinada por su época, por su condición de mujer y por todo aquello que no le estaba permitido elegir, aprender o imaginar.

La novela no pretende enfrentar un tiempo mejor con otro peor. Tampoco convertir a María en una lección para Daniel. Lo que ocurre entre ellos es más íntimo: al convivir, cada uno comienza a revelar algo que el otro no podía ver por sí solo.

María descubre en Daniel un futuro que contiene posibilidades inimaginables para ella, pero también una forma de vivir que no siempre sabe reconocer lo que posee. Daniel encuentra en María una vida atravesada por carencias reales, aunque también por una atención y una capacidad de valorar lo cotidiano que él ha ido perdiendo.

Por eso el espejo del título no es un objeto extraordinario. Es la relación entre ambos.

María se convierte en un espejo para Daniel: le devuelve una imagen de su presente que él ya no sabía mirar. Daniel lo es para María: representa aquello que el tiempo podría llegar a permitir, pero también las contradicciones que esas posibilidades no han resuelto.

Hay un espejo físico en la casa de Daniel, y María se contempla en él con una nitidez que nunca había conocido. Pero la imagen central de la novela sucede en otro lugar: en la forma en que dos personas separadas por más de cuatro siglos se obligan, sin proponérselo, a mirarse de nuevo.

Un espejo de 1602 nació para explorar esa distancia y ese reconocimiento. No habla de viajar en el tiempo, sino de lo difícil que resulta comprender el tiempo que nos ha tocado vivir hasta que otra vida nos lo devuelve reflejado.

La obra

Sinopsis.

Salamanca, 1602.

María es hija de un curtidor, esposa de un alfarero y madre de tres hijos. Su vida cabe en unas pocas calles, una parroquia y una familia.

Hasta que una mañana despierta en una Salamanca imposible.

Las calles siguen ahí. La catedral sigue ahí. El río sigue ahí.

Pero nada es igual.

Daniel, un hombre de cuarenta años que lleva tiempo viviendo sin hacerse demasiadas preguntas, es el primero que no huye de ella. Entre los dos comienza una conversación que ninguno esperaba.

El agua brota de las paredes. La noche desaparece con solo pulsar un interruptor. Las mujeres estudian en la universidad. Los niños sobreviven a enfermedades que antes eran una sentencia.

Mientras María intenta comprender un mundo separado del suyo por más de cuatro siglos, y Daniel vuelve a mirar el suyo como si lo viera por primera vez, ambos descubrirán que el verdadero viaje no consiste en aprender cómo funciona el mundo, sino en decidir qué hacer con lo que se ha aprendido.

Una novela sobre la curiosidad, la memoria, el paso del tiempo y el amor de una madre por sus hijos.

Porque, a veces, la pregunta más difícil no es cómo llegar a otro mundo.

Sino cómo regresar al propio.

Galería

María en un interior contemporáneo, mirando un teléfono móvil.
María sobre un puente de piedra con Salamanca al fondo.
María descalza en un paso de peatones en la ciudad actual.
Daniel apoyado en un coche en una calle empedrada.
María con ropa contemporánea caminando por una calle antigua.

Comenzar a leer

La historia empieza aquí.

Capítulo 1 · La ciudadTiempo de lectura aproximado: 10 minutos

Capítulo 1 — La ciudad

La niebla se retiró del río despacio, como siempre, y María se encontró de pie sobre la hierba, con los pies descalzos y fríos.

No le sorprendió la niebla. Las nieblas del Tormes eran así, espesas por la mañana, y luego el sol las deshacía. Lo que no reconoció fue el puente.

Era el mismo puente. Las piedras eran las mismas, gastadas, con las mismas marcas que había visto toda su vida. Pero a un lado había algo que no debería estar, una fila de carros de metal, brillantes, unos detrás de otros, quietos, y dentro de ellos, personas.

Se quedó mirando un momento, sin moverse, con los brazos pegados al cuerpo. Luego echó a andar hacia la ciudad, como cada mañana, más deprisa de lo normal, casi sin darse cuenta.

La calle de los Traperos quedaba subiendo desde el puente, torciendo a la izquierda en la fuente, pasando la casa de las Sánchez. Conocía el camino con los ojos cerrados. Lo había hecho mil veces, con el cesto, con los niños, con su madre cuando era pequeña.

Subió.

La fuente no estaba.

Se detuvo donde debía estar la fuente y miró alrededor, despacio, girando sobre sí misma. Había una casa apilada. Era alta, más alta que cualquier cosa que hubiera visto nunca, y tenía ventanas iguales, una encima de otra, hasta donde alcanzaba la vista hacia arriba.

Se acercó. Puso una mano sobre la pared, fría, lisa, distinta de la piedra que conocía. La retiró enseguida.

Esto no podía ser la fuente. Tenía que haberse equivocado.

Volvió hacia el puente, casi corriendo el último tramo, y subió otra vez, contando los pasos esta vez, en voz baja, como hacía cuando llevaba al niño pequeño y quería que el camino se le hiciera corto jugando.

Quince pasos hasta la esquina de la casa de Pedro el zapatero.

Contó quince pasos, despacio, clavando la vista en el suelo a cada paso, como si contar mal fuera la explicación de todo.

No había esquina. No había casa. Había un muro largo, gris, con símbolos de colores que no significaban nada, y más allá, otra vez esa casa apilada con las ventanas iguales.

María se quedó de pie, con los puños cerrados a los lados.

Volvió a contar los pasos. Otra vez quince. Otra vez el muro.

Miró hacia arriba, buscando la torre de San Justo. Sabía que desde la calle de los Traperos se veía la torre, un poco a la derecha, asomando por encima de los tejados. Llevaba viéndola toda su vida. Cuando era niña, su padre le había enseñado a guiarse por ella si alguna vez se perdía.

La torre estaba allí.

El aire le entró de golpe en el pecho, como si hubiera estado conteniéndolo sin saberlo.

Pero entre la torre y ella había otras torres, más altas, de cristal, que no había visto nunca, y la torre de San Justo, su torre, parecía pequeña entre todas las demás, como si se hubiera encogido, o como si todo lo demás hubiera crecido a su alrededor sin que ella se diera cuenta.

Caminó hacia allí, casi sin parpadear, con los ojos fijos en la torre, como quien no se atreve a perder de vista lo único conocido. Si llegaba a San Justo, sabría dónde estaba la calle de los Traperos, porque quedaba detrás, a espaldas de la iglesia, donde siempre había estado.

Llegó a la plaza de San Justo.

La iglesia estaba allí. La reconoció enseguida, la puerta, las piedras de arriba, todo igual. Se detuvo frente a ella, y los hombros, que llevaba en alto desde el puente, bajaron un poco. Apoyó una mano en la piedra de la fachada, fría y rugosa, la misma piedra de siempre.

Luego se dio la vuelta para mirar hacia donde debía estar su calle.

No había calle.

Había un espacio abierto, con bancos, y árboles que no recordaba, y al fondo, donde su casa, donde el obrador de su padre, donde la pared contra la que su hijo mayor aprendió a tirar la pelota, había una casa nueva, con una sábana grande a la puerta, y debajo de la sábana, gente sentada en mesas, bebiendo de vasos altos.

María dio dos pasos hacia el espacio abierto, y se detuvo.

Volvió a mirar la iglesia, a su espalda. Volvió a mirar el espacio donde debía estar la calle. Otra vez la iglesia. Otra vez el hueco.

Era el mismo sitio. La iglesia estaba donde tenía que estar. El suelo subía como siempre, hacia la izquierda, justo donde subía la calle de los Traperos.

Caminó hasta el borde del espacio abierto, donde debería empezar el primer tramo de la calle, y se agachó, palpando el suelo con la mano, buscando el barro, las piedras sueltas, algo que reconociera bajo los dedos. Encontró una superficie dura, lisa, uniforme, sin nada debajo.

Se incorporó despacio.

La calle no estaba.

No es que hubiera cambiado.

No estaba.

Se quedó allí mucho tiempo, de pie, con las manos colgando a los lados, mirando el lugar donde había nacido, donde había vivido cuarenta años, donde estaban su casa y su gente y todo lo que conocía, y que ahora era un espacio con bancos y árboles y una sábana grande y gente bebiendo de vasos altos, como si nunca hubiera habido nada más.

Ni lloró ni gritó.

Apretó los labios, tragó saliva, y se quedó quieta, mirando, esperando a que algo cambiara, a que el lugar volviera a ser lo que había sido.

No sucedió.

Caminó sin dirección durante un tiempo que no supo medir, con los brazos cruzados sobre el pecho, mirando al suelo más que a la gente.

La gente pasaba a su lado sin mirarla. Algunos llevaban cosas pequeñas en la mano, brillantes, y hablaban solos, o eso parecía, porque no había nadie cerca con quien hablar. María los miraba pasar y ninguno se detenía, ninguno preguntaba quién era esa mujer descalza, con ropa de otro tiempo, de pie en medio de la calle.

Tenía la garganta seca.

No era una sed grande. Era la sed de la tarde, la de siempre, la que en su casa se resolvía con el cántaro junto a la puerta.

Vio una fuente. No era como las fuentes que conocía —no había pilón, ni caño de piedra—, pero tenía gente alrededor, y la gente se acercaba y bebía, así que se acercó también, despacio, observando primero, a un par de pasos de distancia.

Era una columna de metal, fría al tacto, con un grifo curvo hacia abajo y una especie de empuñadura debajo.

Esperó. Vio a un niño acercarse, apretar la empuñadura, y el agua salió, un chorro fino y constante, y el niño bebió y se fue.

María se acercó. Apretó la empuñadura con un dedo, casi sin fuerza, como quien toca algo que podría quemar.

El agua salió.

Limpia. Clara. Sin esperar.

Apartó la mano un instante, sorprendida por la facilidad con que había ocurrido, y luego volvió a acercarla. Bebió con las manos, despacio, y luego otra vez, y se quedó allí un momento, con las manos mojadas, mirando el agua que seguía cayendo.

En su calle, el agua llegaba una vez al día, si llegaba. Había que ir hasta la fuente del Corrillo con el cántaro, esperar la cola, volver con cuidado de no derramarla. En verano, cuando el río bajaba poco, a veces no había agua hasta la tarde, y las mujeres se sentaban en los escalones de la fuente a esperar, hablando de sus cosas, mirando el caño seco.

Aquí el agua salía sola. De una columna de metal, en medio de la calle, para cualquiera. Para el niño que se había ido sin darle importancia. Para ella, una desconocida.

Soltó la empuñadura. El agua se detuvo.

Volvió a apretarla, mirando de cerca el chorro, como buscando el truco.

El agua volvió a salir.

Lo hizo varias veces, sin necesidad, solo para comprobarlo. Cada vez, el mismo chorro, limpio, constante, como si la fuente no se cansara, como si no le costara nada a nadie.

Una mujer que pasaba la miró un segundo —solo un segundo— y siguió andando, sin detenerse, sin que la escena le pareciera digna de comentario.

María se quedó con las manos bajo el agua, mojándolas otra vez, y pensó que en su calle, si alguien viera correr el agua así, sin que nadie la llevara, sin que nadie la guardara, pensaría que algo se había roto.

Aquí no se había roto nada.

Era así. Siempre.

Se secó las manos en la falda, despacio, frotando los dedos uno contra otro más tiempo del necesario, y se quedó mirando la columna un momento más, antes de seguir caminando.

Llegó a una plaza pequeña, con bancos de piedra y un árbol en el centro. Se sentó en uno de los bancos porque le dolían los pies y porque, por primera vez desde que había salido de la niebla, no sabía hacia dónde ir.

A su lado, en otro banco, había una mujer mayor, con un abrigo grueso, dando de comer a las palomas. Migas de pan, una a una, sin prisa.

María la miró un momento. Luego habló.

—Disculpe. ¿Sabe usted dónde queda la calle de los Traperos?

La mujer dejó de tirar migas y la miró, primero a la cara, luego a la ropa, luego otra vez a la cara.

—¿La calle de los Traperos? —repitió, como si intentara colocar el nombre en algún sitio—. Eso ya no existe, hija. Hace mucho que no existe.

—¿La cambiaron de sitio?

—No, no. —La mujer negó con la cabeza, despacio—. Desapareció. Estaba por donde ahora está la plaza de los Bandos, creo, o por ahí cerca. Lo sé porque mi abuela me hablaba de esas calles, las del barrio viejo, las que se cayeron con las obras de hace... uy. —Hizo un gesto con la mano, como espantando algo—. Siglos.

María se quedó con la espalda muy recta, las manos quietas sobre la falda.

No dijo nada.

La palabra se le quedó dentro, dando vueltas, sin sitio donde encajar, como una piedra demasiado grande para un bolsillo demasiado pequeño.

La mujer volvió a las palomas. Tiró otra miga.

—¿Está usted bien? —preguntó la mujer, mirándola de nuevo, esta vez más despacio—. ¿Necesita algo?

—No —dijo María—. Solo busco a alguien.

La mujer asintió, sin dejar de mirarla, y volvió a las palomas.

María se levantó y se alejó del banco, con la palabra siglos todavía dentro, sin haber encontrado sitio.

Llegó a otra plaza, más grande, con soportales alrededor y gente sentada en mesas, igual que había visto antes. Se sentó en un escalón de piedra, junto a una columna, porque las piernas ya no le sostenían.

Desde allí veía pasar a la gente. Nadie se detenía. Algunos la miraban un instante y seguían, como si una mujer descalza sentada en un escalón fuera algo que el ojo registraba y dejaba pasar.

Un hombre cruzó la plaza con paso rápido, mirando algo que llevaba en la mano. Pasó cerca de ella. Aminoró el paso.

Se detuvo.

María no lo miró enseguida. Estaba acostumbrada, en las últimas horas, a que la gente se detuviera un segundo y siguiera. Esperó a que el hombre siguiera, con la vista fija en sus propios pies.

El hombre no siguió.

Se quedó de pie, a un par de pasos, sin decir nada. Luego miró alrededor, como si buscara a alguien con quien ella pudiera estar, y no encontró a nadie.

Volvió a mirarla.

—¿Está usted bien?

María levantó la vista despacio. El hombre tenía unos cuarenta años, ropa oscura, y seguía con la cosa brillante en la mano, aunque ya no la miraba.

—Busco la calle de los Traperos —dijo María, y la voz le salió más ronca de lo que esperaba, como si llevara horas sin usarla.

El hombre frunció el ceño, como si intentara recordar el nombre.

—No la conozco —dijo—. ¿Está por aquí cerca?

—Era por San Justo.

—Ah. —El hombre miró hacia la torre, que se veía desde allí, pequeña entre los edificios—. No sé, la verdad. Puedo buscarlo, si quiere.

Levantó la cosa brillante, como para hacer algo con ella, y luego se detuvo, mirando a María con más atención. La ropa. Los pies descalzos. Las manos, que ella había cerrado sobre la falda sin darse cuenta.

—¿Lleva mucho tiempo aquí sentada?

—No lo sé —dijo María.

El hombre se quedó callado un momento. Miró otra vez alrededor, hacia la gente de las mesas, hacia los soportales, como buscando algo que no encontraba, a alguien que pudiera ocuparse de aquello mejor que él.

No había nadie.

Se metió la cosa brillante en el bolsillo.

Y se sentó en el escalón, no muy cerca, dejando un espacio entre los dos, pero sentado, con los codos sobre las rodillas, mirando la plaza igual que ella.

—Me llamo Daniel —dijo, después de un momento.

María lo miró de reojo. No dijo su nombre.

—¿Tiene hambre? —preguntó él—. Hay un sitio aquí cerca.

María no respondió enseguida. Miró la plaza, la gente, los soportales, el cielo entre los tejados, que era el mismo cielo de siempre, gris y bajo, como si de eso sí pudiera estar segura. Notó que las manos, sobre la falda, habían dejado de estar tan apretadas.

—Sí —dijo.

Daniel asintió, y no se levantó todavía. Se quedó allí, sentado, con ella, como si no tuviera ninguna prisa por llegar a ningún sitio.

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